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Acceso al aborto por derecho

Era 7 de marzo del año 2000. Yo conocí a Ernesto en octubre del año anterior. Desde el momento en que nos conocimos, hicimos “click”. Fue algo raro. “Patologías complementarias” lo llamaría un profesor psicoanalista que tuve en la universidad. Sin duda él también lo sentía, pero siempre andaba con cuidado, porque era de esos tipos que jamás quería volverse a enamorar después de la última que vivió. Lo cierto es que él se describía a sí mismo como un subversivo y yo lo veía como “atrapado en la adolescencia”, quizá como yo. Habíamos dejado esta etapa hacía varios años ya, pero continuábamos resolviendo los problemas como tal: adolescentes subversivos.

Ese viernes nos fugamos a su departamento en horario de oficina. Dijimos que regresábamos rápido. Todos en el trabajo sabían qué era lo que pasaba. Era como un secreto a voces. Cogimos, terminamos y regresamos a la oficina.

Para ese mismo momento, yo llevaba saliendo con Sebastián, tal vez un año. Él fue lo que pensé que había hecho la diferencia del resto de mis relaciones tóxicas.

Sebastián regresó de un viaje de trabajo el viernes 7 de marzo. El sábado 8 nos vimos y como cada regreso, teníamos relaciones a la tradicional manera misionera.

¿Quién fue el papá de mi hijo? Ahora lo sé porque es muy parecido a él.

Durante muchos años pensé que jamás querría ser mamá, eso no era para mí y este mundo tampoco era para traer más niños a sufrir, al menos no vendrían a través mío.

Continué con mi rutina en el gimnasio. Hacía un mes más o menos que había comenzado con mi tratamiento de hormona de crecimiento, pues quería aumentar mi masa muscular.

Gerardo, mi entrenador, me inyectaba cada semana. Para finales de marzo se me ocurrió preguntarle que si era normal que mi período menstrual se hubiera atrasado. (él no tenía muchos estudios, pero tenía toda una carrera en la vida y en el gimnasio). Él preguntó cuánto tiempo tenía de atraso, a lo que respondí “2 semanas”. Dijo que la hormona de crecimiento tenía testosterona y que ello provocaba un atraso, pero que era “normal”. Pasó la primera semana de abril y nada. Cuando se enteró Gerardo que no me bajaba, me pidió una prueba de embarazo, porque un atraso era normal, pero esto ya era demasiado. El ingreso al gimnasio quedó condicionado a llevar una prueba, y conforme al resultado, ver hacia dónde direccionaríamos las rutinas.

Antes de hacer la prueba, pensé y hablé con el posible embrión (o feto ya) que se estuviera formando dentro de mí: Si estás ahí, eres bienvenido. Si tu papá quiere estar con nosotros, bien, pero si no, somos tú y yo, y siempre estaré para ti.

Después de ese monólogo, procedí a hacer la prueba… “¡Positivo!”

Eran demasiadas emociones encontradas. No quería ser mamá, pero a la vez sentí que ese bebé se había aferrado después de todo lo que me había inyectado y todo el peso que había estado cargando en el gimnasio, ya embarazada.

Dejé de hablar con Ernesto. Me sentí culpable. Para el fin de semana de mi cumpleaños, hablé con Sebastián. Él sospechaba que algo sucedería pronto, pues en realidad nuestro método antifecundativo era el coito interruptus.

Bajo sus condiciones aceptó la paternidad. Esa etapa me hizo entender que, (en ese momento para mí) la paternidad no era más que un acto de fe.

Un sinfín de emociones habitaban en mi cuerpo. Para la semana 12 iba a decidir si lo tendría o no, después de haber hecho los estudios genéticos, que no era más que un estudio probabilístico, según para lo que mi entendimiento alcanzó. Durante este período salieron mis peores miedos.

Para el sexto mes de mi embarazo, fui a ver a Susana a Chiapas. Estuve con ella una semana. Uno de esos días, me confesó que estaba embarazada y que se sentía fatal, porque yo también estaba embarazada, pero ella abortaría. Era su tercer aborto y eso era lo que peor la hacía sentir, pero la verdad es que ella no estaba preparada para traer a nadie a este mundo, y no es que yo sí lo estuviera, pero la diferencia creo que radicó en cuánto queríamos ser madres cada una de nosotras, o como ahora lo entiendo, la maternidad voluntaria.

Tres semanas después de mi visita a Chiapas, ella vino a la CDMX a realizarse la extracción del producto.

Toda mi vida, o al menos gran parte de ella, pensé en el aborto como “algo a lo que cualquier persona debería tener derecho”. Con el paso del tiempo, he tenido acceso a diferente información, pero también a conocer las diferentes posturas y opiniones acerca del tema. Hoy, con mi hijo ya aquí, pienso que no únicamente es algo a lo que cualquier persona debería tener derecho, sino acceso, que no es lo mismo.

El hecho de ser mexicanos nos permite acceder al Servicio de Salud, pero ¿a cuántos servicios tenemos derecho o de qué tipo?

La maternidad voluntaria es un derecho. En México, el bienestar de una persona puede ser objeto de politización en “pro” de otra o incluso, de un sector poblacional.

Sin duda, tras haber leído a Marta Lamas en La interrupción legal del embarazo, ha ampliado de una manera en la que no dimensionaba, el tema del aborto. Había escuchado del aborto por violación, el aborto porque el embarazo ponga en riesgo la vida de la mujer, por malformaciones en el producto, pero nunca había escuchado nada acerca de una inseminación artificial no consensuada, entiendo que el aborto se quiera hacer por razones socioeconómicas, pero mi cabeza no alcanza a comprender de qué manera alguien puede irrumpir y tomar una decisión sobre el cuerpo de otra, que no le pertenece. Pongo en mi mente lo que tiene que suceder para que un acto de esta índole pueda ser llevado a cabo sin que la persona a quien se le está violentando de esta manera, tenga opción a una maternidad voluntaria.

Las consecuencias de una maternidad impuesta tienen un impacto importante en muchos niveles, no representa únicamente un problema jurídico y existen muchos puntos que convergen hablando de aborto; pero ¿cómo impacta la prohibición de un aborto en la vida de una mujer?

El origen del “no deseo” de ser madre, tiene muchos puntos de partida, ya que, de inicio estamos constituidos de manera social, esto quiere decir que, al tener una madre y un padre, la información genética de ambos se integra en un ser. Independientemente de que los padres biológicos se encuentren juntos, quienes podrían estar durante el desarrollo podrían ser dos o más madres, o padres, o incluso uno de ellos únicamente. Existe un grupo de ideologías que compartirán el desarrollo de un solo individuo; cada uno de ellos podría tener una religión distinta. Va adquiriendo información del exterior que hace que gradualmente vaya obteniendo un juicio propio, por ejemplo, la escuela, los amigos, etc.

El “juicio propio” que se fue conformando a lo largo de la vida del individuo, es el que evalúa la factibilidad de traer al mundo o no a un nuevo ser, pero entonces se comienzan a confrontar lo que pensamos que son nuestras ideas: la creencia religiosa, lo que la familia y amigos pensarían en torno a una decisión (cualquiera que esta fuera), no menos importante, la situación económica, las posibilidades que se tendrán de brindar un buen cuidado, y así podría alargar la lista con un sinnúmero de situaciones que determinarían la decisión que circunda a un aborto.

Cuando a una persona se le niega el derecho a abortar, no es sólo la violencia ejercida en contra de la voluntad de una mujer, sino todo lo que trae como consecuencia. Una de las vías, sería dar al bebé en adopción, con la esperanza de que llegue a una familia en donde tenga lo que la familia biológica quizá jamás podría brindarle, en todas las esferas. Para que esto suceda, pasan años, los más importantes en el desarrollo de un pequeño, y es en donde comienzan a desencadenarse una serie de trastornos por el carente apego del que el Dr. John Bowlby habla en su Teoría del Apego (1980).

De acuerdo con datos del DIF Nacional, en 2018, de 28 solicitudes recibidas, se concretaron únicamente 14. Cabe mencionar que, en México, se calcula que hay alrededor de 1.6 millones de niños en situación de orfandad, de acuerdo con información que proporciona UNICEF (2018).

Los procesos de adopción al menos en México son burocráticos y selectivos, con una tendencia elitista (me atrevo a enjuiciar). Las personas que buscan la paternidad o maternidad por este medio comúnmente tienen una inclinación por los niños más pequeños, ya que, es posible que tengan procesos psicológicos menos impactantes en su desarrollo, por el simple hecho de que su trayecto en la vida ha sido más corto. El tema aquí es que el proceso de adopción suele tomar años y los niños que llegaron con una edad muy corta, crecen, y esto resulta en una dificultad más para ambas partes. Si tomamos en cuenta los datos del párrafo anterior, en realidad, las leyes en México no ayudan a que los procesos de adopción faciliten el desarrollo de los infantes para convertirse en adultos funcionales.

Cuando a una mujer le es impuesta la maternidad, puede ser que no haya un buen vínculo, o una buena crianza, ya que el deseo de ella no era el ser madre.

Otro factor que influye en la toma de decisión es la economía: el no poder afrontar los gastos que tener un hijo representa.

Durante muchos años, la despenalización del aborto en México se vio frenada por las creencias de los políticos en turno o con aspiraciones a algún cargo, me parece que el escudarse en la religión es un argumento arcaico y, sin embargo, la gente lo sigue usando para controlar masas.

El aborto, como se describe a lo largo de “La interrupción legal del embarazo”, no es un tema de juicios morales, sino de salud pública. El hecho de aceptar ser madre por resignación, porque no se tuvieron los recursos económicos para abortar, conlleva una serie de consecuencias psicológicas, biológicas, sociales y económicas, no sólo en la mujer, sino consecuentemente en el niño o niña que esté por llegar.

Invade en mi un sentimiento de impotencia y hasta tristeza, al ver que un caso tan controversial como el de Paulina se haya politizado de tal manera que hayan coartado de la manera en la que hicieron, su adolescencia, su crecimiento, por una cuestión meramente política. Me pregunto ¿qué hubiera sucedido si a la hija de cualquiera de los políticos en cuestión, le hubiera ocurrido una situación de abuso sexual?; seguramente el aborto se hubiera legalizado de manera más sencilla, o igualmente se habría practicado algún aborto clandestino, sin siquiera importar lo que “Dios haya querido”.

¿Qué es más inhumano? ¿el aborto per se? ¿las consecuencias que sufrirán tanto la madre como el hijo? ¿manipular la ignorancia del pueblo?

Creo que el aborto es un tema al que aún le hace falta mucho por recorrer, pero la realidad, es que la mayoría de las situaciones de abuso y manipulación, radican en la ignorancia, y la solución para todos los rezagos que tenemos en nuestro país, es la educación.

El aborto es un derecho al que todos deberíamos tener acceso, porque no sabemos las razones que existen de fondo para querer hacerlo y tampoco tenemos por qué conocerlas, pues lo único que nos pertenece es nuestro cuerpo y deberíamos tener el poder para hacer lo que creamos mejor para nosotros, justo como lo hacemos con cada una de las decisiones que tomamos desde que amanece hasta que anochece, cada día de nuestras vidas.

Ana Francomárquez

Referencias:

• Islas, O. (2016). Evolución del aborto en México. Revistas del IIJ, Boletín Mexicano de Derecho Comprado. Núm. 123. Universidad Nacional Autónoma de México. ISSN: 2448-487. Recuperado de: https://revistas.juridicas.unam.mx/index.php/derecho-comparado/article/view/4020/5131
• Lamas, M. (2008). Paulina, justicia por la vía nacional. Grupo Información en Reproducción Elegida. Estudio Tres. México. ISBN: 978-968-5774-14-7.
• Lamas, M. (2017). La interrupción legal del embarazo. El caso de la Ciudad de México. Fondo de Cultura Económica. México ISBN: 978-607-16-4892-1.
• Sánchez, C. (2020). Crónica: Niños mexicanos pasan años en albergues por falta de ley que homologue la adopción. Sin embargo. Recuperado de: https://www.sinembargo.mx/19-01-2020/3714849
• Senado de la República Mexicana. (2017). En México existen 1.6 millones de menores en orfandad: UNICEF. Recuperado de: http://comunicacion.senado.gob.mx/index.php/informacion/boletines/35729-en-mexico-existen-1-6-millones-de-menores-en-orfandad-unicef.html
• Ubaldi, N. (2004). Paulina 5 años después. Grupo Información en Reproducción Elegida. Código X, S.C. México. ISBN: 968-5774-00-5.
• Winocur, M. (2016). Paulina, un caso paradigmático. Aborto: el derecho a decidir. Recuperado de: http://www.debatefeminista.pueg.unam.mx/wp-content/uploads/2016/03/articulos/034_12.pdf

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