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¡El placer es mío!

Aún recuerdo ese día. Tenía no más de 6 años. Eran tal vez las 3 o 4 de la tarde, lo recuerdo porque ya habíamos salido de la escuela mis hermanos y yo. Mi mamá estaba en la cocina, mis hermanos tal vez en su habitación, mi hermana, la más pequeña de nosotros, seguramente andaba rondando por ahí con sus preguntas y palabras sin fin.

¡Qué día! Mira que aprender a leer y escribir era algo agotador. Jugar y cantar toda a mañana en el kínder, pelear por el pedacito de plastilina que se llevó el niño de al lado para terminar su creación y dejar la mía incompleta, no era cosa fácil. ¡Qué día tan agotador! Pues claro, por eso recuerdo que en cuanto llegamos a casa, me fui a recostar al sillón. Me puse sobre mi lado derecho, en posición fetal y me quedé por un momento estática. 5 minutos para recuperarme. Cuando estuve lista, hice un movimiento para incorporarme, ese movimiento provocó algo en mí que no entendí bien, pero fue agradable… lo repetí, una y otra vez. Esos 5 minutos, tal vez se convirtieron en 10 o 15, no lo sé, pero tenía que terminar rápido (no sé qué), porque nadie podía darse cuenta, ¿por qué? Tampoco lo sé.

Tengo muchos recuerdos de mi infancia, pero de los más claros ha sido este, pues recuerdo a la perfección esa sensación que literal, fue orgásmica.

Antes de nacer, comenzamos a conocer muchas sensaciones placenteras, desde estar en la comodidad y calidez intrauterina, hasta el funcionamiento del mundo que nos rodea. Todo es nuevo y resulta sorprendente. Comenzamos a conocer una gama muy amplia de sensaciones y emociones.

Nos es enseñado casi todo, pero si por error llegamos a descubrir que también se puede lograr sentir placer genital y no solo eso, sino que nos atrapan en ello, se corre el riesgo de Troya resurja y vuelva a arder.

¿Qué es lo que no está bien en sentir placer? ¿A qué o a quién le debemos el que el placer se encuentre satanizado?… quizá en la misma pregunta exista una pista. ¿Satanizar el placer? ¿Cuál es la relación entre Satán y el placer? ¿Qué relación existe entre el placer y la culpa?

¿Cuántos de nosotros amamos realmente la persona que somos y no solo eso, sino que nos permitimos conocer minuciosamente el cuerpo que portamos?

La atracción hacia algún tema en particular produce el “hambre” de querer saber más acerca de éste. Se genera una pequeña investigación en torno al tema, lo que va incrementando el interés propiciando un conocimiento más avanzado hasta que de algún modo se llega a “amar” el tema y se puede hablar sin titubeos de él. Cualquier persona podría generar toda una tesis acerca de algo que conozca, pues el mismo tópico te da “ese brillo en la mirada” que hace saber a los demás, que hablar de ello te apasiona… te produce placer.

Me atrevería a decir que, una gran proporción de la humanidad busca una relación de pareja en donde se sienta estable, amado, nos conozcan a la perfección y nos den placer, pero ¿Cuántos de nosotros nos conocemos lo suficiente? ¿Realmente nos hemos investigado tanto como para hablar sin titubeos de nosotros mismos? ¿Cómo para transmitir ese conocimiento a otro?

Desafortunadamente, desde que comienza el desarrollo (y éste es perenne), y se da inicio al descubrimiento del propio cuerpo, los cuidadores comienzan a poner trabas en esta exploración, pues a ellos mismos les enseñaron que “ciertos placeres” no son correctos, pero a ciencia cierta, ellos tampoco saben por qué no está bien. Así se han ido arrastrando a lo largo de la historia, tabúes que no tienen una razón fundamentada de ser, simplemente los vamos pasando de generación en generación sin detenernos a cuestionar el “por qué” de la prohibición. Pienso que aquí radica el origen de la falta de autoexploración. No es que el infante no quiera explorarlo todo, es que no le es permitido explorar su cuerpo por temor de los cuidadores a que le genere placer, y el placer genera culpa, por que es pagano, pero entrar en el tema del paganismo nos remontaría al origen de la religión y eso alargaría demasiado este ensayo.

El conocimiento de uno mismo genera amor propio. Cuando se hace una exploración de manera detallada de las sensaciones y emociones: ¿qué las provoca?, ¿cómo incrementar o decrecerlas?; pero también de la parte exterior, logrando hacer un mapa de la conformación de sensaciones físicas: ¿qué?, ¿cómo?, ¿por qué? y ¿en dónde algo se siente bien o mal? se está haciendo una investigación de quienes somos. Inevitablemente, al conocer tan bien por dentro y por fuera el ser que portas, puedes comunicar a los externos esta información que tienes acerca de la investigación que de manera continua haces.

La manera en la que nos relacionamos con el exterior tiene que ver directamente con cómo te relacionas contigo mismo. Del desconocimiento de uno, surge la dificultad que se encuentra en las relaciones con los demás.

Cuando un tema no se domina, no se puede exponer acerca de él, por eso es fundamental adquirir experiencia e investigar para después poder compartir el conocimiento con quien uno así lo deseé.

Hemos vivido durante mucho tiempo llenos de tabúes y prejuicios que estigmatizan conductas que no se consideran “normales”, pero que en realidad el común denominador de la humanidad las lleva a cabo “sin que nadie se dé cuenta”. Esto parece más como una doble moral. Conocer nuestro cuerpo, brinda las herramientas para amarlo, nos responsabiliza de él y nos obliga a ir rompiendo con estas creencias que han permeado hasta la actualidad y que nos ha mantenido en la ignorancia y evita que la humanidad avance y crezca.

Eduquemos con amor hacia el cuerpo humano, comenzando por el propio.

¡Conocerte, es un placer!

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